miércoles, 6 de diciembre de 2017

Los linajes Vargas y Gudiel: tradiciones paralelas con Nuestra Señora de Atocha

Artículo publicado en La Gatera de la Villa. Segunda época / número 28 / Otoño de 2017. Enlace de la revista íntegra: http://www.gateravilla.es/la-gatera-de-la-villa-no-28/

Los linajes Vargas y Gudiel, tuvieron un papel principal en el Madrid medieval. Los primeros, presentes en la Reconquista junto a Alfonso VI –y quizás antes, como cristianos del Mayrit musulmán-; los segundos, familia mozárabe por excelencia de Toledo donde ejercieron la alcaldía mayor, con una rama avecindada en Madrid desde el siglo XIV. En este artículo nos centraremos en dos historias de sorprendente similitud ocurridas en tiempos de Enrique II y que vinculan a ambas estirpes con Nuestra Señora de Atocha.

            La primera de estas memorias tiene por protagonista al bravo Hernán Sánchez de Vargas, líder en Madrid de la parcialidad de Pedro I de Castilla en la guerra que libró éste con su hermano Enrique a partir de 1366. Respecto a los orígenes de Hernán, de quien sabemos fue señor de Cobeña y veterano de Alfonso XI, los nobiliarios coinciden en situarle como descendiente del mítico Iván de Vargas, a quien la tradición tiene como patrón de San Isidro y por cuya ascendencia remota disfrutaron los Vargas de singulares privilegios respecto al santo labrador hasta fechas recientes. Aunque la mayoría de las fuentes refieren de manera genérica el parentesco, algunos lo concretan levemente: era descendiente del hijo menor, de tres que tuvo Iván de Vargas,[1] y hay quien sitúa a Hernán como hijo de Iván,[2] lo cual descuadra a este último con San Isidro. Nosotros nos inclinamos por pensar que Sánchez de Vargas era descendiente directo pero no inmediato del patriarca Iván y posiblemente poseyó algún vínculo originado en tiempos de su afamado ancestro, quizás el propio Señorío de Cobeña como aparece en algunos textos.

Volviendo al asunto que nos ocupa, una vez sitiada Madrid por el futuro Enrique II, Hernán fue elegido cabeza del partido del rey Pedro: Reunidos doce de los principales ricos-hombres que habían honrado con su voto al elegido, en la plaza principal del Alcázar, lo levantaron en pié sobre un escudo y le volvieron sucesivamente hácia las cuatro partes del mundo, en cada una de cuyas cuatro direcciones hizo el novel capitán una cruz con la espada desnuda diciendo: “Yo, Hernán Sánchez de Vargas, desafío en el nombre de Dios, á todos los enemigos de la fé, de mi señor el rey y de la tierra." Dicho y hecho lo cual le bajaron al suelo y poniéndole el alférez mayor en la mano el estandarte de la villa le dijo: “Yo te otorgo en nombre del rey que seas adálid."[3]

            Cuentan las crónicas que los defensores de Madrid  ofrecieron férrea resistencia, sin embargo Enrique logró traspasar las murallas con sus huestes, lo que algunos achacan a la traición de un tal Domingo Muñoz, vecino de Leganés, de quien se dice entregó las torres de la puerta de Moros confiadas a su defensa.

Más novelesca, otra narración refiere a una hilandera de la calle de Galdo –del Candil hasta 1901-, como la principal artífice de la entrada del rey fratricida: Permanecía Madrid fiel á Pedro I cuando llego D. Enrique al sitio hoy calle del Candil, en que tenia su casa una hilandera-, dio ésta noticia de una mina que conducía al alcázar, y en varios reconocimientos alumbró con su candil, naciendo la advertencia de que no entraran antorchas por si de las luces se apercibían en la villa; por último acompañó con su candil al mismo D. Enrique, quien, después de haber premiado á la hilandera, mandó colgar un candil de plata en aquel sitio. Cuando los hermanos llamados los Preciados le compraron quisieron quedarse con el candil; el Consejo decidió que pertenecía al rey; con el se fundió una lámpara para Atocha, poniéndose en su lugar otro de hierro, que al fin desapareció.[4]

Don Enrique entra en Madrid alumbrado por el candil de la hilandera. Imagen obtenida de José Castillo y Soriano. A la luz de un candil. Tradición de la época de don Enrique II en Romancero español. Colección de romances históricos y tradicionales. Imprenta de J. Noguera, Madrid, 1873.


Una vez entran los partidarios de Enrique comienza una dura batalla urbana: Levantaronse vanderas por el Rey don Enrique, sobre las almenas de las murallas: ocuparon la villa los soldados, si bien la Nobleza della, atendiendo mas ala lealtad devida a su Rey, y Señor natural, que al peligro manifiesto a que se ponia, resistio la entrada valerosamente.[5] Los Vargas y los Luzones capitaneados por Hernán combaten con gallardía en los alrededores de la puerta de Guadalajara, a pesar de sufrir una clara inferioridad numérica que las deserciones acrecientan rápidamente. Reducidos en el combate, según unos, o rendidos tras la muerte de su rey Pedro en Montiel, según otros, lo cierto es que los líderes madrileños cayeron presos del nuevo poder y condenados a muerte.

En la antesala del degüello, Enrique II perdonó la vida a Hernán Sánchez, quien rehusó el indulto pues no alcanzaba a sus compañeros de armas; ante lo cual el rey de las Mercedes acabó perdonando a todos la vida, gesto que se consideró fruto de la intercesión de la Virgen de Atocha, cuya devoción compartían Sánchez de Vargas y el soberano: Esta piedad tan extraña al parecer en el Infante, se atribuyó por Hernan, á la devocion que siempre profesó á la Virgen de Atocha, á quien ántes se había encomendado muy de veras; y para memoria del lance, y última señal de su agradecimiento, mandó fuese sepultado en la Ermita de esta Señora, con la insignia que llevaba al suplicio.[6]
Las diferentes versiones suelen coincidir en que la intercesión de Nuestra Señora se produjo tras las invocaciones del propio condenado, aunque un relato menos extendido confiere protagonismo a la mujer de Hernán Sánchez: La esposa de este sola y animosa, y realizando una de esas ideas imposibles que solo las mugeres apasionadas pueden concebir, habia salido de su casa, había atropellado por entre los guardas, habia llegado hasta el orgulloso conquistador, habia sabido conmover su corazon, y con sus ruegos y sus lágrimas habia alcanzado el perdon de su marido.[7] Sin perjuicio de lo anterior, nosotros creemos que Enrique pudo verse también influido en el perdón por la mediación de otro Vargas madrileño, fiel aliado del nuevo rey: don Fernando de Vargas, obispo de Burgos, entrañablemente querido de don Enrique, con quien habia compartido así los tristes dias del infortunio como los prósperos de la bienandanza.[8]

La esposa de Hernán Sánchez de Vargas suplicándole que acepte el perdón.
Imagen obtenida en Museo de las Familias, Tomo VII. Madrid, 1849, Mellado Editor. Pág. 3


Con todo, creemos que la rehabilitación de Sánchez de Vargas no fue completa y sufrió represalias por su postura en la guerra: el Trastámara donó Cobeña a Pedro González de Mendoza, relevante miembro de dicha Casa, mediante carta de 15 de junio de 1369.[9] Aun así, más o menos disminuido en sus tierras y privilegios, Hernán Sánchez salvó la vida y continuó encabezando la familia madrileña de los Vargas, cuyas principales ramas reivindicarán su ascendencia durante siglos.

La gesta de Hernán Sánchez de Vargas debió de tener por testigos a los Gudiel toledanos, pues fue en tiempos de Pedro I cuando una rama de esta familia se trasladó a Madrid.[10] Se considera a Gudiel el apellido mozárabe por antonomasia[11] y diversos autores, como Diego Fernández de Mendoza y Gerónimo de Quintana, aseguran que la etimología del apellido Gudiel responde a su sangre goda.[12] La memoria de esta vieja familia se pierde en el Toledo musulmán y los cronicones les nombran trasladando los restos de San Ildefonso al norte para protegerlos de los invasores mahometanos, narrativas que no constituyen una fuente histórica fidedigna pero demuestran el añejo prestigio de la familia: No le llevaron a Oviedo con las demás reliquias, porque entendiendo los parientes de San Ildefonso, los Caballeros y Palatinos, que esta ciudad de Toledo por su grande fortaleza se pudiera defender de los moros, dilataron sacar della el santo cuerpo: más visto que esto era imposible, a los quatro del mes de Julio de setecientos y diez y ocho le desenterraron, y le trasladaron a la ciudad de Zamora, donde se quedaron en su compañía. Los que le llevaron fueron unos Caballeros de los Gudieles, como lo dice Fray Juan Gil de Zamora en las adiciones que hace al Cronicón de Juan Pérez (...) Ciertos Caballeros del linaje de los Gudieles y de Ezlazaro, y de los Palomeques sacaron el cuerpo de San Ildefonso de Toledo, y lo llevaron a Zamora.[13]

            Los Gudiel jugaron un rol importante para afianzar la autoridad castellana en la Ciudad Imperial tras su reconquista por Alfonso VI en el año 1085. Durante generaciones, los miembros del linaje ejercieron cargos relevantes en Toledo, tanto civiles –alcaldía y alguacilazgo mayores-, como eclesiásticos. Entre las figuras señeras de la estirpe destaca Fernando Díaz Gudiel, alcalde mayor de la ciudad y señor de la Torre de Esteban Hambrán. Fallecido en 1278, se conserva su enterramiento en la Catedral adornado con alabanzas a la Virgen María en grafía arábiga, evidencia de cuan arraigadas eran las raíces mozárabes de una familia que mantenía la lengua árabe tras dos siglos de poder castellano.

            Directos del alcalde Fernando, una rama de los Gudiel llegó a Madrid en tiempos del Cruel y radicó su casa solariega en la parroquia de San Ginés. Desde bien pronto jugaron un papel destacado en la Villa, pues en 1374 Enrique II convocó Cortes en Burgos y Madrid envió como procurador al regidor Diego Fernández de Gudiel. En esta convocatoria legislativa se produjeron unos hechos tenidos por milagrosos que se solapan de manera sorprendente con la salvación de Hernán Sánchez de Vargas.

            Todo empezó con una pelea de criados ocurrida en las posadas de San Esteban donde se alojaba el regidor Gudiel, enfrentándose en fea riña los sirvientes del infante Sancho de Castilla, Conde de Alburquerque y hermano del Rey, con los del ya mencionado Pedro González de Mendoza. Don Sancho intervino para poner fin a la trifulca, con tan mala fortuna que una lanzada anónima le alcanzó el rastro y falleció poco después. Sin culpable al que ajusticiar, el dolido hermano y enojado rey ordenó decapitar a varios de los presentes a modo de escarmiento, empezando por Fernández de Gudiel por ser el personaje de más alto rango entre los presentes; aunque contra ninguno existía prueba más allá de su mera presencia en el lugar del crimen. Camino del cadalso, el regidor madrileño encomendó su alma a Nuestra Señora de Atocha rezando con devoción a una estampa suya que siempre le acompañaba.

            Sucedió que mientras la fúnebre comitiva de reos recorría la cal tenebrosa[14] le divisó su amigo Mosén Román, judío, contador mayor de Castilla y muy próximo al monarca. Román era vecino de Gudiel en Madrid y le tenía gran estima. Tras recabar información sobre el lance, el financiero solicitó al verdugo que dilatase la ejecución y corrió a pedir clemencia al rey. Enrique el Enfermo[15] escuchó con atención a su colaborador, quien incidió en la inocencia del regidor y en su buena fama, y el monarca le perdonó la vida. A toda prisa, el hebreo retornó al lugar del suplicio junto a un repostero de camas que portaba el anillo real en prueba de la decisión regia. Ante ello, Fernández de Gudiel, aunque agradecido a su vecino Mosén, al igual que Sánchez de Vargas declinó gallardamente el perdón real por no alcanzar a los demás condenados: Yo os tengo en merced la buena obra que me quereis facer, no voy en tiempo de poderoslo pagar, pero mando a mis hijos, y los que dellos vinieren que hagan con vos, y con los vuestros como vos quereis facer conmigo. Estos caballeros vinieren a ayudar a defender mi possada, avemos estado en una compañia; nunca pleque a Dios yo los dexe en este camino. Y bolviendose al pregonero dixo: Tira, y di tu pregon, anda, que yo no quiero gozar de la vida.[16]

            Ante la actitud de Gudiel y lastimados los presentes por la pronta muerte de tan brioso regidor, Román obtuvo un nuevo aplazamiento mientras recababa el parecer de Enrique II, quien finalmente accedió a conmutar la condena a todos los reos quienes fueron puestos en libertad. Esta salvación in extremis ganó fama de milagrosa por deberse a la intervención de Nuestra Señora de Atocha, aunque autores más modernos sospechan que el monarca entendió el problema político que suponía decapitar a un hombre cuya valiente actitud le granjería a buen seguro el favor popular y contra quien en definitiva no existía prueba alguna.

De una u otra manera, lo cierto es que Diego Fernández Gudiel quedó a salvo y cumplió una promesa que le hizo a la Virgen de Atocha antes de la proyectada ejecución. Así, recorrió a pie la distancia que separa Burgos de Madrid, con la soga al cuello, a pie, descalço, y atadas las manos, que nunca consintio desatarselas, sino para comer.[17] Cuentan las crónicas que las gentes de Castilla salían a su paso admiradas y las prédicas del penitente provocaban fuertes manifestaciones de devoción mariana. De este modo, con los pies y las manos holladas por una caminata interminable, llegó el bravo Gudiel a la ermita de Nuestra Señora de Atocha, donde depositó la soga mandando pintar y escribir el milagro en una tabla que también quedó expuesta en la ermita.

Durante las siguientes generaciones los Gudiel continuaron ejerciendo cargos en Madrid. Así encontramos a Diego Fernández Gudiel, documentado como regidor del concejo (1444-1445),[18] y también a Francisco de Gudiel, asimismo regidor (1475-1478).[19] Este Francisco de Gudiel fue también alcaide del Castillo de Burgos (1507-1509) y jalonó el apellido con otro hecho caballeresco cuando pidió permiso a los Reyes Católicos para desafiar en duelo al noble Fernán Bermúdez, caballero castellano al servicio de Alfonso V de Portugal, en desagravio a unas malas palabras que había tenido para con Fernando e Isabel. El duelo fue convocado en las haceñas de Gijón, cerca de Zamora, el 28 de febrero de 1476,[20] declarándosele vencedor por inasistencia del contrario.[21]

Hijo de Francisco y de Constanza de Toledo, Diego Gudiel de Toledo mandó reponer la tabla que narraba en la ermita de Atocha la milagrosa intercesión de la Virgen para con su tatarabuelo Diego Fernández Gudiel, lo que demuestra la adhesión de la familia a tales glorias: Y porque esta escritura estava rota, según el mucho tiempo que ha que se escrivio, Diego Gudiel de Toledo, reviznieto del dicho Diego Fernandez de Gudiel, la mandò renovar. Acabose año de mil y quinientos y sesenta y nueve, y en este dicho año Francisco Gudiel de Vargas, hijo del dicho Diego Gudiel, deudo deste Cavallero la renueva agora.

Diego Gudiel de Toledo, admitido en la Corte en 1498 donde prestó servicios durante muchos años, contrajo matrimonio a principios del siglo XVI con María de Vargas, de la rama madrileña y por tanto descendiente –no sabemos con exactitud si directa o colateral- de Hernán Sánchez de Vargas. De tal modo, en dicho matrimonio y su progenie convergieron dos tradiciones con Nuestra Señora de Atocha que presentan tantas similitudes que parece nos llegaron entremezcladas, tomando préstamos narrativos una de otra y viceversa: dos esforzados caballeros de las familias mozárabes más viejas de Madrid y Toledo; condenados a muerte en tiempos de Enrique II, uno en 1368, otro en 1374; los dos rehúsan de manera bizarra el perdón regio por no alcanzar éste a sus compañeros, gestos heroicos a los que monarca corresponde decretando una liberación general de los penados; salvaciones tenidas por milagrosas por intercesión de la Virgen de Atocha, a cuya ermita quedó vinculada por siglos la memoria de tan bravos castellanos: mediante enterramiento Hernán, y con la soga y la tabla explicativa el Gudiel.

El recuerdo de los dos caballeros perduró por siglos y la tabla con la soga expuesta acompañó a Nuestra Señora de Atocha hasta la entrada en Madrid de los franceses[22] quienes causaron innumerables destrozos en el templo. El linaje Gudiel de Vargas acabó asociado a otra devoción madrileña muy vinculada a los Vargas de Madrid: San Isidro Labrador. Tras una intrincada serie de pleitos con otra rama de la familia, Luis Gudiel de Vargas, nieto de Diego y María, tomó posesión de la Casa de Iván de Vargas[23] y de una llave del sepulcro de San Isidro el 30 de abril de 1598, ante Rodrigo López Rocha, notario de Madrid.[24]

En este punto nos aventuramos a sugerir que la especial vinculación entre las devociones de Nuestra Señora de Atocha y San Isidro –al menos desde el siglo XIV-, y la singular conexión de ambas con la Familia Real, pudiera tener parte de explicación en sus cruzadas relaciones con la Casa de los Vargas, quienes tan habilidosamente realzaron durante siglos sus vínculos isidriles para sacralizar las propiedades de la familia y mantener cierta familiaridad con la Corona.

La Casa de Iván de Vargas y la llave se mantuvieron en la rama de Luis Gudiel hasta el 10 de octubre de 1894, cuando el notario de Madrid Federico de la Torre y Aguado adjudicó a terceras manos la herencia del hacendado y antiguo militar Higinio Macanaz Maldonado, directo de los Gudiel de Vargas y primo hermano de mis tatarabuelos Mario y Eloísa Maldonado de Guevara y Macanaz.

Rafael Delgado Maldonado de Guevara, descendiente de Diego Gudiel de Toledo y María de Vargas


Autor: Rafael Maldonado de Guevara Delgado
maldocanaz@gmail.com
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[1] Gabriel de Cepeda. Historia de la Milagrosa, y Venerable Imagen  de N. S. de Atocha, Patrona de Madrid. Madrid, Imprenta Real, 1670. P. 218
[2] Joseph Antonio Álvarez y Baena. Hijos de Madrid. Tomo II. Madrid, oficina de Benito Cano, 1740. P. 385
[3] Dionisio Chaulié. El bodegón de la cadena. Tradición madrileña. Imprenta de El Tiempo, 1896, Madrid. P. 51
[4] Ángel Fernández de los Ríos. Guía de Madrid. Madrid, 1876. P. 70
[5] Gerónimo de Quintana. Historia del Origen y Antigüedad de la Milagrosa y Venerable Imagen de Nuestra Señora de Atocha. Madrid, Imprenta del Reyno, 1637. P. 66
[6] Joseph Antonio Álvarez y Baena. Op. Cit. P. 385
[7] Francisco Fernández Villabrille. Hernán Sánchez de Vargas. Incluido en Museo de las Familias, Tomo VII. Madrid, 1849, Mellado Editor. Pp. 3-5.
[8] José Amador de los Ríos y Juan de Dios de la Rada y Delgado. Historia de la Villa y Corte de Madrid. Tomo I. Ferrá de Mena, Madrid, 1860. Pág. 385
[9] Biblioteca Digital Memoria de Madrid. Signatura 3-176-14.
[10] Manuel Montero Vallejo. Oficios, costumbres y sociedad en el Madrid bajomedieval en Revista de Dialectología y tradiciones populares. Tomo 56, Cuaderno 1. CSIC, 2001. P. 31
[11] Así lo afirma el párroco Alfonso Eugenio Galdeano Alba, genealogista mozárabe.
[12] Gerónimo de Quintana. A la muy antigua, noble y coronada Villa de Madrid. Historia de su Antigüedad, Nobleza y Grandeza. Madrid, Imprenta del Reyno, 1629. P. 224
[13] Francisco de Portocarrero. Descesión de Nuestra Señora a la Santa Yglesia de Toledo y vida de San Ildefonso, Arzobispo della. En Madrid, por Luis Sánchez, 1616. P. 48
[14] Podría tratarse de la burgalesa calle Tenebrosa o Tenebregosa, tramo de la actual calle Fernán González que abarcaba desde la Iglesia de San Nicolás hasta la Puerta de San Martín, según leemos en Yolanda Guerrero Navarrete. Estructura Urbana de Burgos en el siglo XV, capítulo recogido en Homenaje al Profesor Juan Torres Fontes, Volumen I. Edición conjunta de la Universidad de Murcia y la Academia Alfonso X el Sabio. Murcia, 1987. P. 738.
[15] Apelativo con el que Gerónimo de Quintana nombra a Enrique II.
[16] Gerónimo de Quintana. A la muy antigua, noble y coronada villa de Madrid. Tomo I. Imprenta del Reyno. 1629. Libro Segundo. Pp. 224-225
[17] Francisco de Pereda. Historia de la Santa y Devotissima Imagen de nuestra Señora de Atocha. Valladolid, por Sebastián de Cañas, 1604. Tercera parte. Pp. 143-146
[18] Según notas facilitadas amablemente por el medievalista José Manuel Castellanos Oñate.
[19] José Manuel Castellanos Oñate. El regimiento madrileño (1465-1515). Anales del Instituto de Estudios Madrileños. Tomo XXX. CSIC, 1991, Madrid.
[20] López de Haro. Nobiliario de España, Tomo II, p. 455.
[21] Ana Isabel Carrasco Manchado. Discurso político y propaganda en la Corte de los Reyes Católicos (1474-1482). Universidad Complutense de Madrid, 2000. P. 348
[22] Diario de Madrid, 21 de noviembre de 1814, núm. 325
[23] Casas principales de los Vargas en la parroquia de San Justo, en el solar que actualmente ocupa la Biblioteca Pública Municipal Iván de Vargas, en la actual calle del Doctor Letamendi, antes conocida como calle del Tentetieso o Costanilla de San Justo.
[24] La Correspondencia de España: diario universal de noticias. Año XV. Número 1435-1862, 21 de mayo. P. 1

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